miércoles, 21 de noviembre de 2012



TURISTEL AL ÓLEO


Cuando hace dos o tres semanas Marcela Fuentealba me escribió para invitarme a presentar el nuevo libro de Hueders –todas las crónicas que sobre Santiago ha escrito Roberto Merino–, le respondí altiro que sí, que feliz pues para mí ese libro –estaba yo pensando en Santiago de memoria– tenía una fuerte carga biográfica porque cuando llegué a Santiago, en 1998, lo ocupé como guía para un quinceañero viñamarino –yo– que no cachaba nada más que el Panorámico y el Almac que había por ahí en Lyon (Almac del que Merino, por cierto, también habla en uno de estos textos). Conocí e historié las calles de esta ciudad leyendo ese libro. O sea que una buena parte de las crónicas que ahora conforman esta edición de Todo Santiago para mí tuvieron, muchísimo antes que un interés literario, un valor de uso y uno sentimental, una doble utilidad concretísima. Yo en ese entonces no tenía con la literatura relación alguna fuera de la estrictamente colegial, en la línea de Pachapulay. Pero mi abuelo, con quien me vine a vivir a los 15 o 16 años, sí, y tenía en su escritorio esa edición de Planeta cuyo lomo de letras vistosas llamó una tarde vagoneta mi atención: Santiago de memoria. Yo no conocía esta ciudad ni de memoria ni por datos ni de ninguna manera salvo por unas pequeñas excursiones o más bien penosas salidas a tientas (calles Lota, Suecia, Coyancura y Traiguén). Entonces, en esa inocencia, y sin tener la más remota idea de quién era ese hombre de barba espesa (“insolente sombra capilar” la llama él mismo el 2003) que salía fotografiado en la contratapa, supuse que se trataba de un libro tras cuya lectura/caminata uno quedaría conociendo Santiago de memoria. Y si bien, por cierto, ese no era ni es el propósito del libro, y tampoco necesariamente un efecto asociado, yo así lo leí y solo muchos años después vine a pensar que estaba equivocado, o no equivocado sino extraviado respecto a lo central, desorbitado. Pero por ese entonces fue para mí un turistel al óleo. Ese libro tenía un cierto orden, una disposición muy amable: iba grosso modo de poniente a oriente en la ciudad, y yo me dediqué más de una vez a leer dos o tres o cuatro crónicas consecutivas para luego partir caminando a conocer esas calles, esos circuitos, preguntando y siguiendo las difusas señales de ruta que el libro daba y apoyándome siempre en los excelentes mapas del Metro, que no siempre me bastaban como referencia, por ejemplo cuando, tratando de dar con la calle Lira, salí por Portugal a la Alameda y bajando, por no subir, no vi a la calle Lira hundiéndose, por lo que rápidamente fui a dar a la entrada del hotel San Francisco, donde de repente, al darme vuelta para no olvidar las señales para el retorno, vi de sopetón una construcción que, lo recuerdo perfectamente, me hizo decirme a mí mismo, y en voz no muy baja según caché por ciertas caras, “¡ahí está la huevá!”, refiriéndome al frontis de la iglesia San Francisco que Natalia Babarovic había ilustrado y que era la imagen que abría el libro, la única no vinculada a ninguna crónica específica y, por tanto, desconocida e innominada hasta ese momento para mí, iglesia cuya imagen se me había grabado en la cabeza por el extraño doblamiento de rodillas de la muchacha que junto a su novio la miraba (en la pintura).
Pasaron los años, me logré afianzar en esta capital, estudié literatura y di, calculo que hacia el año 2005, con el poema Transmigración, publicado por Merino en 1987 y que empieza así: “Mira: descubrí las luces del amor (que ya nadie puede esperar encender): eran unos tubos fluorescentes dispuestos en los umbrales más cercanos (y por demás infranqueables) del laberinto”. Quise leer más de Merino y entonces recordé mi lectura adolescente de Santiago de memoria, pero no estaba ya en ninguna parte ese libro, y yo ya no vivía con mi abuelo, a quien hube de hacerle una visita deshonesta para ya entonces, con el libro en la mano, detenerme, para decirlo en jerga urbanística, no tanto en lo señalado como en la señalética, esto es, no tanto en lo referido, las calles, noblezas e infamias de Santiago, cuanto en el lenguaje, en esa prosa radiante que hoy nos tiene aquí convocados celebrando esta reedición y que yo, si ha de tirarse una línea posible, pondría más cerca del tono o del temple de ánimo, por usar un expresión vieja, de algunos poemas de Eduardo Anguita, muy especialmente de “El verdadero momento”.
Pienso que esta edición que hoy presenta Hueders y que estuvo a cargo de Andrés Braithwaite soluciona muy bien las complicaciones propias de una compilación cuantiosa de crónicas y, para la tristeza del adolescente que fui, cancela por lo mismo las ediciones de Santiago de memoria y de Horas perdidas en las calles de Santiago, si bien esto no quiere decir que haya que desechar esas ediciones. Es solamente que, al estar reordenados y fundidos y ampliados de nueva y feliz manera esos libros aquí, y al habérseles extraído las ilustraciones de Natalia Babarovic y las fotos de Álvaro Hoppe, dejan de propiciar equívocos como el que referí al principio. Ya este libro es uno plenamente literario, en el muy simple sentido de que ya nadie, ni un provinciano quinceañero despistado, podría pensar que el protagonista real es Santiago. Que en un primer nivel lo es. Y en un segundo tal vez también. Como asimismo lo es el lenguaje: “Gran Estilo / Gran Velocidad / Gran Altura”, para citar, desprovisto de toda ironía, un conocido verso de Antonio Cisneros y oponerlo a lo que el propio Merino dijo hace poco: “No me interesa nada el estilo”. Como sea, pienso que el protagonista central aquí sigue siendo la memoria, y por lo tanto el tiempo, o su registro: el paso del tiempo, los repliegues del tiempo, los efectos terapéuticos del tiempo, los efectos destructivos del tiempo, el goce del tiempo, el despilfarro del tiempo, la pérdida del tiempo, el dolor del tiempo, la recuperación del tiempo, “la burla del tiempo”, que es como tradujo Nicanor Parra un verso del monólogo central de Hamlet, y hasta el aburrimiento del tiempo. Esto lo he visto parecidamente en la obra de Alan Pauls, con la que la de Merino tiene ciertas brumosas cercanías. A propósito, Pauls vino hace unos meses a presentar el espléndido libro de ensayos que la Udp le publicó: Temas lentos. No fui a la presentación pero leí un reporte que decía que Pauls había dicho algo así como que él jamás habría armado ese libro solo, que le daba pudor hacerlo. La encontré una declaración equívoca porque hace rato (mucho; siglos, de hecho) que el ensayo, la crónica, la columna incluso, no tienen por qué estar siendo tributarios editoriales de otras producciones, preferentemente de las del ámbito de la ficción, para tener derecho a existencia, a circulación, derecho a conformar libro. Hasta hace algunos años, recordemos –los años 90, los años en que se publicó Santiago de memoria–, los escritores en Chile eran principalmente otros: los narradores, los novelistas muy especialmente. Quienes ejercían la crónica, el periodismo no noticioso, la crítica, el ensayo incluso, eran sujetos o innominados o tirados para la cola en la corriente literaria. Absurdo de proporciones por el cual en Chile todavía se habla de Escritor y poeta, Escritor y cronista, Escritor y periodista, Escritor y ensayista, pero nunca de Escritor y Novelista, porque eso implicaría pleonasmo.
Todo Santiago trae un prólogo de Héctor Soto que describe muy bien los aspectos centrales de las crónicas de Merino y da en el clavo al decir que “su prosa está hecha de observaciones”, que “nada tratan de probar”, que “no exhudan ni una pizca de nostalgia” y que lo suyo “no es el anatema”. También deja caer Héctor Soto una cosa que me gustaría, digamos, complementar. Dice: “El día en que se funde en Chile de una vez por todas el Partido del Resentimiento, que es el único para el cual el país de ahora ofrece una amplia masa crítica, una cosa será segura: Roberto Merino no va a figurar ni en su militancia ni en su directiva, simplemente porque no es resentido”. Yo estoy plenamente de acuerdo, aquí no hay resentimiento ni odiosidad, pero diría también que la re-lectura de estas crónicas me deja en pie firme para decir que Roberto Merino tampoco militaría ni dirigiría el otro partido político cuya fundación vendría haciendo falta en Chile y para el cual también habría de sobra masa crítica: el Partido de la Complacencia. La verdad es que Merino no militaría en ningún partido. No está en la primera línea de la política, ni en la segunda, no está, por decirlo así, en la vereda de la política contingente, le da lata, no es un indignado, pero la irritación y la disconformidad aparecen dando sus buenos toques en varias esquinas de todo Santiago. En su libro En busca del loro atrofiado Merino da, al pasar, una definición posible del cronista como aquel que “se dedica a observar los fenómenos de la experiencia en sus manifestaciones reales, es decir, desprovistos de interpretación política”. Sé esto. Merino no es hermeneuta ni analista ni proselitista ni panegirista ni mucho menos opinólogo, pero esta distancia narrativa, sumada al hecho de que, no sé si a su contra o no, se ha ido perfilando como un sujeto con cierta predisposición lateada, puede propiciar la idea de que sería un hombre poco menos que ajeno a todo conflicto no individual, lo cual no me parecería cierto ni justo; Merino practica a veces una manera de egotismo, sí claro (en sus crónicas Merino se ha narrado a sí mismo incluso en la ducha o en la cama dando vueltas desvelado), y otras veces una forma de discurrimiento en paisajes más mentales que urbanos, por supuesto, pero también se lo ve irritado en varias cuadras de Todo Santiago con cuestiones que no le atañían directamente a él mismo.
En la lectura de Merino puede haber un efecto de extrañamiento que viene dado tanto por ciertas atmósferas mentales como por el uso de vocablos desusados o resignificados. Si yo estuviera en la universidad y lo fuese a estudiar tal vez centraría una tesis en el uso que hace del verbo “verificar”, al que toma no en su sentido de comprobar (como es usual en Chile), sino como sinónimo de acontecer, de ocurrir. Pienso que las crónicas de Merino están ahí verificando en la prosa lo que alguna vez se verificó en las calles de Santiago. Reportes ni melancólicos ni irónicos sino algo más difuso: algo así como reportes luminosos, pero de luz tenue, poseedores de cierta aura (mérito más de la prosa que de lo contado) y también de un efecto de linterna, de luz ya no tan tenue, iluminador de lo externo, de lecturas y de calles chilenas, como Jotebache –que es ambas cosas–, de barrios y tiendas, de olores y colores y pedazos de ciudad (como el recuadro de suelo santiaguino de la foto de portada).
Ni sucumbiendo al charco de la melancolía, pues, ni cediendo a la añoranza de otro orden de cosas, Merino hace, casi como quien no quiere la cosa, por acumulación, una singular anatomía de Santiago y los santiaguinos, de sí mismo y de la memoria que los une y los separa y los reúne, en cualquier momento, en Cumming o en Lyon o en la Estación Mapocho.      



Presentación en Feria del Libro de Todo Santiago. Crónicas de la ciudad. Editorial Hueders, 07 noviembre 2012

miércoles, 14 de noviembre de 2012


UNA NOVELA ESCRITA POR SUS PROPIOS PROTAGONISTAS

“Nuevo Buda de la prosa norteamericana” llamó Allen Ginsberg, en la dedicatoria de Aullido, a Jack Kerouac. Viniendo de un escritor budista, la declaración ha de tomarse como una expresión de enorme admiración literaria, sin duda, pero también de honda amistad. Y esa amistad y esa admiración no hacen otra cosa que desplegarse en las recién publicadas Cartas (Anagrama
2012, 589 páginas): desplegarse, sí, lo que incluye replegarse porque en ocasiones se pelean o burlan, profundizarse porque se van conociendo, leyendo y queriendo a medida que pasan los días, los meses y los años y expandirse porque aparecen, ya como destinatarios anexos, ya como temas de conversación, otros amigos, como William Burroughs, William Carlos Williams, Neal Cassady, Gregory Corso, Peter Orlovsky y Gary Snyder.
Casi veinte años (de 1944 a 1963) de correspondencia recoge este libro cuyo efecto de lectura fue definido pertinentemente por un crítico norteamericano como el de una novela dostoievskiana. Se asiste en estas casi seiscientas páginas al nacimiento y desarrollo de una verdadera amistad. Relatos de viajes, de introspecciones, de apuestas, intermediaciones y fracasos editoriales, discusiones en torno a lecturas, datos de drogas, intercambios de borradores, referencias a amigos y a enemigos, descubrimiento del budismo, palos de ida y palos de vuelta, favores concedidos y también favores negados, descripción de cuadros homosexuales, de tomateras, de delirios de escritura, de estrecheces pecuniarias, pelambres y recados íntimos. La vida misma, y su escritura, es la materia de este libro.
Making off de la médula de la literatura beat, Cartas puede leerse como un todo (como una novela dostoievskiana) o bien, naturalmente, por partes, a saltos, entrando y saliendo sin tapujos como Kerouac y Ginsberg pasaban sin tapujos de la vida a la literatura o, lo que para el caso es lo mismo, de la literatura a la vida. Veinte años de correspondencia no exigen, si bien lo resisten perfectamente, ser leídos de un tirón. Como sea, el libro deja para el lector una serie de ideas, anécdotas, experimentos con el lenguaje, risotadas y declaraciones de enorme interés, como aquella que en una carta de noviembre de 1952 Kerouac le lanza a Ginsberg tras haberle éste dicho que en su novela En el camino “podría haber demasiada verbosidad intrascendente”, una frase que hace pensar en las búsquedas que en los últimos veinte años ha emprendido Nicanor Parra en sus Discursos de sobremesa: “La literatura –le responde Kerouac a Ginsberg–, tal como tú la entiendes cuando empleas términos como ‘verbal’, ‘imágenes’, etc., y cosas parecidas, en fin, todo el ‘aparato’ de la crítica, etc., ya no tiene nada que ver conmigo, porque lo que me hace decir ‘asqueroso pendoncete entre los juncos’ es preliterario, yo ya pensaba así antes de aprender las palabras que utilizan los hombres de letras para describir lo que hacen”.
Cartas se suma a otros libros publicados en los últimos años, como Las cartas de la ayahuasca (entre Ginsberg y Burroughs), En la carretera. El rollo mecanografiado original (la versión felizmente no editada de En el camino), Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (divertida novela coescrita por Burroughs y Kerouac); esta sumatoria de libros recientes puede ser leída como una gran novela sobre la vida y los libros beat escrita por sus propios protagonistas.

junio 2012

lunes, 5 de noviembre de 2012


LOS QUE SUSURRAN




La realidad es el único libro que nos hace sufrir.
Enrique Lihn

Es 2012 y acaba de ser reeditado La parrilla, un texto publicado clandestinamente en 1981 y cuyo autor es Adolfo Pardo. A propósito de este y de otros libros que pertenecen, por su carácter testimonial, a los llamados géneros referenciales, puede discutirse la tesis de que, para dar cuenta de determinada experiencia o realidad (la dictadura chilena, por ejemplo), el testimonio es inferior a la ficción pues tiene menos herramientas y posibilidades, menos alcances, tesis que encuentra un defensor en Grínor Rojo, quien sostiene lo siguiente en su prólogo (de 1985 y revisado en 2010) a los brillantes cuentos breves de José Leandro Urbina reunidos en Las malas juntas: “Las virtudes revelatorias de una buena ficción son a menudo más grandes que las del mejor de los testimonios”.
Acierta Rojo cuando esgrime, para dar cuenta de la superioridad o de la mayor “virtud revelatoria” de un texto, “la maña que se da para detectar connotativamente los mecanismos de poder que se agazapan por detrás de la experiencia y que son los que hacen de ella lo que ella es”. Pero acierta menos cuando señala que eso es casi privativo de lo ficticio, argumentando que “el texto testimonial tiene limitaciones evidentes, le falta movilidad, su cercanía respecto de los hechos es excesiva, el rango de su penetración escaso, etc.”.
La ficción tiene conocidas y grandes ventajas –como las que Rojo bien indica en ese mismo prólogo– para abordar y dar cuenta de ciertas realidades. Pero también tiene sus propias limitaciones. Así, mientras Rojo, en el año 1985, se centraba en las excelencias de lo ficticio en demérito del testimonio, la bibliografía chilena insta más bien, en honor a lo habido (que en todo caso no es mucho), a relevar las ventajas o posibilidades del testimonio, al que en varios casos no le falta en lo absoluto movilidad o penetración, ni menos le juega en contra su cercanía excesiva con los hechos, cercanía que bien procesada literariamente puede ser y ha sido fuente de grandes resultados.
La bibliografía en torno al Chile de la dictadura es copiosísima. Abunda en libros periodísticos y sociológicos, algunos ineludibles, otros solo consultables. En cambio, la literatura parece ser escasa o deficiente. Pero lo es menos si uno se abre a considerar o simplemente a apreciar y pensar textos que, no siendo ficcionales sino testimoniales, tienen sobrados caracteres para ostentar la (inútil) etiqueta literaria. También es cierto que una buena parte –la mayoría, de hecho– de los testimonios existentes en Chile sobre la dictadura son libros cuyo valor se debe exclusivamente a su carácter documental, al hecho de ser fuentes para la historia, re-presentaciones de lo realmente sucedido, pero que carecen de valor textual (por ejemplo el póstumo Desde el túnel. Diario de un detenido desaparecido de Manuel Guerrero). Es probable que esta abundancia, la mayor legitimidad de la que gozaba en los años ochenta el testimonio por sobre la ficción y el entusiasmo que produce la lectura de los cuentos de Urbina, hayan llevado a Rojo a su planteamiento. Pero han pasado veinticinco años y no abundaron los narradores como Urbina. En cambio, hay varios testimonios que se siguen dejando leer y que están siendo reeditados por méritos que no refrendan la tesis de Rojo. Un ejemplo es Una mujer en Villa Grimaldi, que circuló clandestinamente en los ochenta como Recuerdos de una mirista y bajo pseudónimo, hasta una edición del año pasado publicada con el nombre real de su autora, Nubia Becker, con el nuevo título y un prólogo de Raúl Zurita (“Nadie que abra este libro podrá salir indemne”, dice), quien deja indicados aspectos de un buen testimonio que, haciendo abstracción del caso puntual que los suscita, pueden ponerse en la línea de la discrepancia con Rojo: “Escrito con una fuerza y sinceridad que hasta hoy la narrativa que toca el mismo periodo está muy lejos de alcanzar, este libro es el registro de un heroísmo del amor y de la pureza, de un amor no traicionado, pero que es capaz de mostrarnos su propio miedo, sus titubeos, sus estremecedores raptos de alegría… Por su carencia de la más leve pose o estridencia, por la jerarquía de su escritura, en suma, por su verdad, es también una representación de la lucha que libran infinidades de seres humanos”.
Hace ya mucho tiempo que géneros como el testimonio (y las cartas y las autobiografías y los diarios, los cuadernos incluso) vienen siendo reivindicados por una crítica y por lectores que han sabido encontrar ahí alcances, relaciones, pensamientos, refutaciones, imágenes y signos que revelan o sugieren lo mismo o más que una buena ficción tanto del mundo y de la humanidad como de ellos mismos. Entre los testimonios chilenos de valor sobresaliente, dos casos clave son el implacable Chile, un largo septiembre de Patricio Rivas y Tejas Verdes de Hernán Valdés, uno de los relatos primeros y más feroces y, a la vez, descreídos (o no militantes) y, por lo mismo, agudos y de efecto más demoledor que se han escrito sobre la banalidad y el ensañamiento con que la tortura y la prisión se dieron en Chile bajo Pinochet –por más que Valdés mismo haya dicho en un prólogo posterior que ese libro fue “escrito al calor de la memoria, sin mayor elaboración literaria y sin otra pretensión que la de conmover a la opinión pública”–. Valdés, pienso, nunca, salvo quizá en las cincuenta primeras páginas de su novela Antes del fin, dio con una escritura mejor, más penetrante y sólida que la de Tejas Verdes.
El nuevo título de Una mujer en Villa Grimaldi Nubia Becker lo puso a modo de homenaje a otro testimonio, aplastante, y también obra de una mujer (pioneras del género): Una mujer en Berlín, recuperado por Hans Magnus Enzensberger hace unos años y escrito en 1945 por una anónima diarista que dejó rendida a buena parte de la crítica internacional, que supo indicar su sentido de los momentos culminantes, su increíble intuición lingüística y, en fin, su gran peso literario. Y no es una excepción. Hay, en el siglo xx, una tradición literaria de testimonios de enorme valor: Primo Levi con Si esto es un hombre es una de sus cimas más vistosas. O Hélène Berr y Ana Frank con sus diarios. Y una mujer que despunta en el género es Denise Affonço, autora de El infierno de los jemeres rojos, un testimonio espeluznante y a la vez muy fino sobre la represión comunista en la Camboya tiranizada por Pol Pot, cuya lectura deja temblando y devastado hasta al más gélido lector.
Puede pensarse entonces que la inferioridad del testimonio es, más bien, una cuestión de número, un factual: no se debe tanto a las limitaciones del género en sí como al hecho fortuito, y bastante natural en todo caso, de que la mayoría de quienes han escrito testimonios no han sido escritores, en el simple sentido de no ser sujetos con especial dominio ni del arte de la palabra ni de la palabra a secas: de ahí las precariedades, a veces extremas, que caracterizan a buena parte de los testimonios circulantes. Pero si –como en el caso de Primo Levi, de Denise Affonço o de Valdés– quien testimonia posee una escritura propia, y lucidez, valentía y amplitud para ver las cosas libres de todo lugar común y de toda estrechez ideológica, y tiene inteligencia e inventiva para estructurar su relato, pues entonces el testimonio no tiene nada que envidiarle, a priori al menos, a la ficción: simplemente peligra en otros lindes y opera con mecanismos alternativos, mejores o peores que los ficcionales según su uso, no según sus posibilidades. Todo al final –como dice Borges recordado por el propio Rojo en el mencionado prólogo– no son más que “versiones” acerca de la realidad, la “famosa rea-li-dad”, decía Bolaño.
El origen de La parrilla convierte al libro en un caso particular: en 1980 el escritor y editor Adolfo Pardo fue a visitar a su cuñado, preso político, a la ex-Penitenciaría. A la salida conoció a una mujer de diecinueve años que había ido a ver a su hermano, también preso político. Ella le habló de su experiencia reciente al ser detenida por la cni y Pardo le preguntó si aceptaba que le grabara su testimonio: el relato del día previo a la noche de la captura, la captura misma y lo que vino después. Ella accedió y, según ha dicho Pardo con posterioridad, “al principio se daba vueltas sin resolverse a largar su historia, pero luego, como en una catarsis, enhebró un espontáneo y detallado monólogo”. Y ese enhebrado y detallado monólogo se publicó al año siguiente, en 1981 y firmado por Pardo, que operó como un autor-editor: inquirió, descaseteó y, con pulimientos, cortes y arreglos, transformó un relato oral en una novela testimonial que Diamela Eltit –en el prólogo a esta nueva edición– incluye de lleno en la tradición literaria chilena, proponiendo una lectura suya como continuación de Palomita blanca, la novela publicada diez años antes (en 1971) por Enrique Lafourcade, pues, escribe Eltit, tras “precipitarse el desastre del Golpe, la paloma fue capturada para ser arrastrada al centro mismo de una pesadilla”. En La parrilla, las pertenencias, las militancias, las filiaciones (tanto de perseguidos como de perseguidores) son presumibles o –jodida palabra– presuntas: nada ni nadie ni ningún lugar aparece con nombre propio, por razones evidentes, cuestión que propicia un conveniente efecto difuminador en la lectura. Lo valioso del relato, lo que le da un interés que supera el de su valor documental, es su carácter no denunciante sino descriptivo, y su trama menos ideológica o maniquea que humana (demasiado humana), en la que el pánico inicial de ella da paso al pudor cuando le piden que se salga de la cama, y el pudor da paso a la astucia, y la astucia a una cierta (o incierta, en rigor) cercanía con uno de los agentes, cercanía que desdibuja parcialmente los límites entre buenos y malos (tal como celebra Rojo que ocurra en las buenas ficciones), sorprendiendo el relato, más que por los momentos de humanidad de un verdugo, por dejar en brumas si es estrategia, extrema militancia o pura cobardía lo que mueve al hermano de la protagonista en la siguiente escena: “Me hicieron sacarme la ropa y que mi hermano me tocara. / –Si no hablai huevón tu hermana va a cagar. La vamos a culiar. / –Culéensela –dijo él”.
Desdibujos y cercanías que no se traducen, en todo caso, en que ella en esta historia no deba pasar una temporada infernal que incluye, como es sabido, desorientación, golpizas, abusos, denigración verbal (“y cómo cuando te meten el pico no tenís ningún problema”, le dice un agente cuando ella se resiste a separar las piernas para ser amarrada a los bordes del catre) y un par de pasadas por la parrilla, ese muy denigrante y violento método de tortura predilecto de la dictadura chilena. Dado el punto de vista desplazado del narrador; dado el efectivo uso del carácter especular del lenguaje (el lenguaje se pone sucio en los testimonios cuando los mismos hechos se ponen sucios); dada la capacidad del autor de ubicarse en el lugar (narrativo) de los demás; dado todo esto es que el rango de previsibilidad en libros como los mencionados disminuye en la misma medida en que en una ficción trillada y voluntariosa puede aumentar y, de hecho, aumenta.
Una justa lectura y apreciación del género testimonial (imperdibles las Cartas de petición compiladas por Leonidas Morales) pueden servir también como provisión para hacerle frente a una ridícula recurrencia en el campo literario chileno: el reclamo por la falta de una Gran Novela de la Dictadura (así, con pretensiones mayúsculas), porque Casa de campo de José Donoso no logró serlo por su excesivo alegorismo. Los intentos sucesivos fueron, si bien algunos excelentes (como El palacio de la risa de Germán Marín), insuficientes o muy acotados. Entonces, mientras no aparezca en torno a Allende una novela rotunda como rotundo es el Agosto de Rubem Fonseca sobre la caída de Getulio Vargas en Brasil, mientras no haya en Chile tal fortuna, esa supernovela puede armarla el propio lector: es posible ir leyendo –en diferido– una combinación de testimonios como si fueran capítulos de una obra en curso, una novela de citas, barthesiana. También a esa novela-de-lector se le podrían incrustar, ya al alero de una polifonía desatada, un puñado de testimonios y anecdotarios (que a veces son falseamientos, pero en fin) del otro lado. Porque prosa testimonial hay de ambas partes. La del otro lado con toda seguridad refrenda la tesis de Rojo, pues ahí sí que se trata en todos los casos conocidos de textos pusilánimes, pedestres y planos, aunque algunos muy brutales o con efectos humorísticos negros o reveladores –a su pesar–. En este punto se puede pensar, por ejemplo, en la posibilidad de intercalar, con sentido irónico o como pie reflexivo tal vez, pasajes provenientes de Anécdotas de mi General: las que viví y… las que me contaron, libro del exjefe operativo de la cni Álvaro Corbalán, cuyo trabajo de escritura consiste en traer sucintamente a la memoria episodios sueltos, como ese en que Pinochet viene de vuelta de la cuesta El Melocotón, poco después del atentado del frente patriótico manuel rodríguez, y su edecán no puede evitar en el interior del auto “una deflagración digestiva bastante pestilente”, la que para salir del paso achaca a la descomposición de un perro en la carretera, por lo que al repetirse el gaseo minutos después Pinochet lo insta a mirar hacia atrás porque, le dice, “parece que el perro nos viene siguiendo”.
Desvaríos aparte, podría decirse –por último y con toda seriedad– que esa anhelada gran novela chilena de la dictadura puede leerse en el Zurita de Raúl Zurita, esas casi ochocientas páginas de narrativa demencial donde están todos los elementos estructurales, lingüísticos, estilísticos y temáticos y, si se quiere, todas las desmesuras y extravíos propios de las grandes novelas contemporáneas de trasunto real, como 2666, con la que comparte, entre otras cuestiones clave, la crucial utilización que ambos hacen del texto necrológico, por ejemplo. En suma, si se ha de creer en la necesidad o, más aún, en la venida de algo así como un gran relato sobre la dictadura, puede: a) armárselo leyendo falta, más que un Nuevo Narrador Chileno, un Kenzaburo Oé que haga con Chile, guardando las proporciones, lo que el japonés hizo en sus Cuadernos de Hiroshima con los testimonios hiroshimenses: proyectarlos en admirable secuencia y prosa a la vista de muchos; b) leérselo en Zurita; o c) esperárselo, pero tanto de la ficción como del testimonio, que de cualquier lado puede dejarse caer.
De cualquier lado puede dejarse caer. Lo saben hace rato los mejores editores, cuyos oficios se inclinan crecientemente a esa cosa llamada no ficción. Una mujer en Berlín sobreviviendo a decenas o centenares de novelas sobre la segunda guerra mundial es una buena prueba. En ese relato en ese sótano donde pasan encerrados, todos susurran. No hay que desatender la voz de los que susurran. Los que susurran, por supuesto, es el perfecto título de esa obra monumental en la que el historiador inglés Orlando Figes rescata y articula las voces, los testimonios, los susurros e incluso el silencio de quienes crecieron y vivieron sin heroísmos la macabra y asfixiante represión estalinista durante toda su vida. Hace constar Figes que susurrantes en lengua rusa puede aludir “a alguien que susurra por miedo a ser oído” o “a la persona que informa a espaldas de la gente a las autoridades”. Volviendo al caso de la Camboya comunista de los jemeres rojos, ha escrito el español Antonio Muñoz Molina que para Denise Affonço, que “sobrevivió cuatro años reducida a una especie de animalidad hambrienta y aterrada”, la mayor sorpresa no fue sobrevivir: “Fue comprobar que casi nadie quería escucharla”.
Ya sea por lo que dejaron escrito o por lo que les logró sacar un historiador, cronista o editor, los que susurran, en los dos sentidos antes señalados, y no solo los que cuentan cuentos, tienen mucho que revelar sobre los tiempos de oscuridad, sobre el mundo vivido en sótanos. Mientras se espera a su Homero, es mejor escucharlos.